Tenemos la suerte de estar viviendo la que es, probablemente, la segunda gran transformación energética que ha vivido la humanidad. Durante miles de años, la biomasa, los recursos hídricos y la tracción animal fueron los energéticos más usados para calefacción, cocción, transporte y procesos productivos. Recién hace poco más de un siglo, aparecen disruptivamente los combustibles fósiles, cambiando toda nuestra estructura productiva, y generando cambios sociales, culturales y económicos sin precedentes.
En esta segunda transformación, que está ocurriendo en estos mismos días y de forma vertiginosa, el desarrollo tecnológico no sólo está cambiando los energéticos, sino la forma en que los usamos. Hace apenas una década, por ejemplo, instalar un watt solar a gran escala costaba 7 dólares. Hoy, podemos instalarlo en el techo de nuestra casa a menos de 1,5 dólares. También a fines de la década pasada era común encontrar centrales térmicas de ciclo abierto, con eficiencias de menos de 35%, y nuestra principal fuente de iluminación eran las ampolletas incandescentes, en que un 95% de la energía se perdía en calor y no en iluminar. En ese caso, por cada 100 unidades de energía que inyectábamos, solo 1,5 unidades terminaban cumpliendo su función de iluminarnos, las restantes 98,5 unidades se perdían en el camino. Hoy, somos capaces de obtener energía de fuentes casi infinitas, como el sol o los vientos, y podemos transformar más de un 95% de esa energía en luz, con las ampolletas LED.
Hoy es cada vez menos necesario contar con un vehículo propio, y cada vez se ofrecen más servicios que disminuyen nuestra necesidad de trasladarnos de un lado a otro, y cuando lo hacemos, existen apps que nos permiten hacerlo de forma más eficiente, aprovechando de mejor manera la infraestructura urbana existente.
Y cuando miramos hacia adelante, vemos que es muy probable que la próxima década traiga cambios aún más marcados: los consumidores pasarán, gradualmente, a ser también productores de energía; experimentaremos una sustitución energética que nos llevará hacia un mayor uso de la electricidad, la cual será cada vez más limpia; el transporte se electrificará y automatizará y; reduciremos nuestros consumos de energía a través de mejores estándares de construcción y de mejor diseño y aprovechamiento de espacios públicos.
Por algo, la Agencia Internacional de Energía, en su informe de eficiencia energética 2018 señala que, aun cuando a 2040 se proyecta un crecimiento de 20% en la población mundial; que se doble el PIB y que aumenten en un 60% las superficies construidas, no debiesen generarse cambios significativos en el consumo de energía respecto de la situación actual.
La institucionalidad energética actual se creó hace menos de una década, pero es evidente que los desafíos actuales y futuros son muy distintos a los de ese entonces, lo que nos llama a reflexionar sobre qué institucionalidad es la más adecuada a este nuevo escenario, y eso es justamente parte del ejercicio de reflexión que se llevó adelante en la Ruta Energética 2018 – 2022.
Necesitamos una institucionalidad que integre temas, con una mirada más flexible, y eso es justamente lo que persigue la nueva Agencia de Sostenibilidad Energética. La eficiencia energética y las energías renovables no son actividades aisladas, como eran hace algunos años; éstas se integran y se potencian a través de nuevas tendencias como la electromovilidad, la generación distribuida, la calefacción distrital, la construcción sustentable, el almacenamiento o la cogeneración, por mencionar algunas, e incluso se pueden desarrollar con más fuerza en conjunto con temáticas que bajo una mirada más tradicional se ven lejanas, como la eficiencia hídrica.
La nueva Agencia de Sostenibilidad Energética busca ser un catalizador y un articulador de procesos en este ecosistema, poniendo a disposición del mercado y de los diversos actores públicos y privados sus capacidades para la asistencia técnica en iniciativas multidisciplinarias relacionadas con la sostenibilidad energética, impulsando nuevos mercados para las empresas de servicios, generando capacidades y ayudando en la construcción de una cultura en torno a la energía acorde a la realidad actual.
La tecnología con sus avances vertiginosos seguramente nos seguirá sorprendiendo, pero no nos puede encontrar dormidos ni inmóviles. El desafío es poder anticiparnos y actuar de manera coordinada entre actores públicos y privados para generar marcos adecuados que permitan su mejor despliegue en beneficio de nuestros objetivos de desarrollo sostenible.
Fuente: El Mercurio